El amanecer que esperamos: Sábado Santo y la paz entre los pueblos
El Sábado Santo nos coloca ante el misterio del silencio, de la espera y de la esperanza cuando todo parece detenido. Es un día que refleja también el dolor del mundo actual, marcado por guerras, miedo, pérdidas y pueblos enteros heridos. En medio de esa oscuridad, la reflexión recuerda que el silencio de Dios no significa ausencia, sino una obra profunda que aún no vemos del todo. Así como los discípulos vivieron horas de incertidumbre antes de la Resurrección, también hoy muchas familias, comunidades y naciones viven su propio tiempo de angustia. Este mensaje invita a no acostumbrarnos al sufrimiento humano ni a mirar las guerras como algo normal. Al contrario, llama a orar con más verdad, a pedir por la paz y a confiar en que Jesús sigue sosteniendo la historia incluso en sus horas más sombrías. Donde el ser humano ve tumba y fracaso, Dios ya está preparando vida nueva, consuelo y amanecer para todos.

En el silencio que espera la paz:
El Sábado Santo tiene algo que se parece mucho al mundo de hoy. No hay cantos de victoria todavía. No se ha corrido la piedra. No se ve el final con claridad. Todo parece suspendido, como cuando una familia espera una llamada del hospital, como cuando una madre no duerme porque su hijo está lejos, como cuando una nación entera vive cansada de malas noticias. Ese día santo nos enseña que también el silencio de Dios tiene un sentido, aunque nos cueste entenderlo.
Hoy, al mirar tantas guerras abiertas, tantos pueblos heridos, tantos niños creciendo entre miedo, ruinas y despedidas, el corazón se aprieta. Uno quisiera que Jesús hablara fuerte, que detuviera de golpe la soberbia de los poderosos, que callara las armas y devolviera a la mesa a quienes se olvidaron de que delante de Dios toda vida vale. Pero el Sábado Santo no llega con estruendo. Llega con un silencio profundo. Y a veces ese silencio no es ausencia: es la forma en que Dios prepara algo nuevo desde lo más hondo.
También nosotros conocemos esos sábados santos del alma. Cuando en la casa hay tensión y nadie sabe cómo arreglarla. Cuando en el trabajo hay dureza, competencia y frialdad. Cuando en la parroquia o en la comunidad surgen heridas, malentendidos y cansancio. En esos momentos uno puede pensar que todo quedó sepultado. Sin embargo, Jesús sigue obrando incluso cuando no lo vemos. Sigue sosteniendo a la madre que reza, al abuelo que espera, al joven que no quiere perder la fe, al vecino que todavía comparte pan aunque tenga poco.
Pedir por el fin de las guerras no es una idea bonita nada más. Es una obligación del corazón creyente. Es atreverse a decir: Señor, basta de odio, basta de sangre, basta de orgullo disfrazado de poder. Danos dirigentes con conciencia, pueblos con memoria, y corazones capaces de llorar al otro como si fuera de la propia casa.
Este Sábado Santo invita a no acostumbrarnos al dolor del mundo. A velar. A orar. A no burlarnos de la esperanza. Porque cuando todo parece detenido, Dios todavía está trabajando. Y donde el ser humano ve tumba, Jesús ya está preparando amanecer.
Gerardo Torres-Martell







