Dejar por Jesús no es perder, es recibir de otra manera

Ayudemos a Manuel Mano Galarza

Dejar por Jesús no es perder, es recibir de otra manera

2026-05-26 renuncia por amor Seguir a Jesús 0

Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,28-31):

En aquel tiempo, Pedro le dijo a Jesús: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte».

Jesús respondió: «Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el mundo futuro, la vida eterna. Y muchos primeros serán últimos, y muchos últimos, primeros».

Palabra del Señor.

Cuando uno escucha estas palabras de Pedro, casi puede sentir algo muy humano detrás de ellas. Como si dijera: “Señor, hemos apostado la vida contigo; hemos dejado seguridades, rutinas, afectos, planes”. No suena a reclamo frío, sino al corazón de quien necesita recordar que seguir a Jesús no es caminar hacia el vacío.

Lo que se deja y lo que se recibe:

El Evangelio no presenta un seguimiento cómodo. Jesús no engaña a nadie. Él sabe que amarlo de verdad pide renuncias reales. A veces no se trata de abandonar físicamente una casa o una tierra, sino de soltar el orgullo, ciertas ambiciones, una manera egoísta de vivir, la necesidad de controlarlo todo, o incluso relaciones que nos alejan de Dios. Hay decisiones que cuestan. Hay fidelidades silenciosas que solo el Señor ve.

Muchos cristianos viven esto en lo pequeño de cada día: una madre o un padre que se desgasta con paciencia por su familia, un joven que elige la honestidad aunque pierda ventajas, una persona que cuida a un enfermo, alguien que vuelve a empezar después de una caída, un servidor en la parroquia que entrega tiempo sin aplausos. Seguir a Jesús toca la vida concreta, y por eso a veces duele.

La promesa que no defrauda:

Jesús responde con una promesa inmensa: nadie que haya dejado algo por Él y por el Evangelio quedará sin recibir. No habla solo del cielo futuro, aunque lo culminante es la vida eterna. También habla de un ciento por uno ya en esta vida. Eso no significa una prosperidad fácil ni una compensación material automática. Significa que quien entra de verdad en la lógica del Reino descubre una fecundidad nueva.

El que se entrega por amor encuentra una familia más grande. Descubre hermanos en la fe, manos tendidas, consuelos inesperados, una paz que el mundo no compra, una libertad interior que antes no conocía. La Iglesia, cuando vive unida a Jesús, se vuelve justamente ese lugar donde nadie camina solo. El ciento por uno muchas veces llega en forma de comunión, de sentido, de gracia para seguir adelante cuando las fuerzas humanas no alcanzan.

Con persecuciones:

Hay una frase que llama la atención: “junto con persecuciones”. Jesús no adorna el camino. La promesa viene con verdad. Seguirlo trae alegría, pero no evita el rechazo, la incomprensión o la prueba. A veces quien quiere vivir con rectitud es visto como ingenuo. A veces ser fiel al Evangelio trae tensiones incluso dentro de la propia casa. A veces el corazón se cansa porque esperaba respuestas más rápidas.

Sin embargo, esa cruz no desmiente la bendición. Más bien la purifica. El discípulo aprende que su apoyo más profundo no está en el reconocimiento, sino en la cercanía de Dios. Y allí madura una confianza serena: nada entregado por amor se pierde.

Los primeros y los últimos:

La última frase de Jesús pone todo en su sitio. En el Reino no cuentan los criterios del prestigio, del cálculo o de la apariencia. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos, primeros. Dios ve de otro modo. Mira la verdad del corazón. Ve a esa abuela que reza en silencio, al trabajador honrado que nadie felicita, al que lucha por permanecer fiel en medio del cansancio, al que sirve sin ocupar lugares importantes.

Este Evangelio nos hace revisar qué entendemos por ganancia. Tal vez hemos pensado que perder tiempo con Dios es perder productividad, que perdonar es perder fuerza, que servir es quedar atrás. Jesús muestra lo contrario: lo dado por amor florece, aunque no siempre de la manera que uno imaginaba.

Hoy conviene preguntarnos con sencillez: ¿qué me está pidiendo dejar el Señor para seguirlo con más libertad? Tal vez no sea algo espectacular. Quizá sea una dureza del corazón, un apego, una queja constante, un miedo viejo. Si se lo entregamos a Jesús, Él no nos vacía: nos ensancha el alma y nos introduce en una vida más verdadera.

Meditación Diaria:

Hoy vale la pena mirar con paz aquello que hemos entregado por amor a Jesús: tiempo, cansancio, oportunidades, silencios, servicio, fidelidad en medio de pruebas. Nada de eso cae en el vacío. El Señor conoce cada renuncia escondida y promete una fecundidad que muchas veces ya empieza aquí, en la paz interior, en la comunidad, en el amor compartido y en la esperanza que sostiene.

Haz un momento de oración sencillo y dile: “Jesús, dame libertad para dejar lo que me aleja de ti y confianza para recibir lo que tú quieras regalarme”. Si hoy aparece una contrariedad, una incomprensión o un esfuerzo silencioso, ofrécelo con serenidad. También allí Dios trabaja.

Procura vivir este día con corazón agradecido. Mira a quienes te rodean como hermanos, sirve sin buscar reconocimiento y recuerda que, en el Evangelio, lo pequeño hecho por amor tiene un valor inmenso. El Señor nunca se deja ganar en generosidad.