Administrar con sabiduría lo que pasa por nuestras manos

Ayudemos a Manuel 'Mano' Galarza

Administrar con sabiduría lo que pasa por nuestras manos

2026-11-06 Parábola Del Administrador Astuto Sabiduría Espiritual 0
Administrar con sabiduría lo que pasa por nuestras manos

0 visitas / visits

Lectura del santo evangelio según san Lucas (16,1-8):

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Había una vez un hombre rico que tenía un administrador, el cual fue acusado ante él de haberle malgastado sus bienes. Lo llamó y le dijo: “¿Qué es lo que me dicen de ti? Dame cuenta de tu trabajo, porque en adelante ya no serás administrador”.

Entonces el administrador se puso a pensar: “¿Qué voy a hacer ahora que me quitan el trabajo? Para cavar no tengo fuerzas; para mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer, para tener a alguien que me reciba en su casa, cuando me despidan”.

Entonces fue llamando uno por uno a los deudores de su amo. Al primero le preguntó: “¿Cuánto le debes a mi amo?”. El hombre respondió: “Cien barriles de aceite”. El administrador le dijo: “Toma tu recibo, date prisa y haz otro por cincuenta”.

Luego preguntó al siguiente: “Y tú, ¿cuánto debes?”. Éste respondió: “Cien sacos de trigo”. El administrador le dijo: “Toma tu recibo y haz otro por ochenta”.

Y el amo tuvo que reconocer que su mal administrador había procedido con habilidad. Pues los hijos de este mundo son más hábiles en sus negocios que los hijos de la luz».

Palabra del Señor.

Hay páginas del Evangelio que al principio nos desconciertan. Esta es una de ellas. Escuchamos la historia de un administrador que ha obrado mal y, sin embargo, termina siendo elogiado por su astucia. Jesús no está alabando el engaño ni la corrupción. Lo que pone delante de nosotros es otra cosa: la urgencia de despertar, de actuar con inteligencia espiritual, de no vivir la fe con descuido, como si lo esencial pudiera esperar.

Una responsabilidad que no es nuestra:

El administrador del Evangelio había olvidado algo fundamental: los bienes que manejaba no eran suyos. Solo pasaban por sus manos. Ahí hay una verdad que toca nuestra vida entera. El tiempo, la salud, el trabajo, el dinero, la familia, las oportunidades, incluso la palabra que damos a otros, todo es don recibido. Nada nos pertenece de manera absoluta. Somos administradores, no dueños.

Cuando olvidamos esto, empezamos a vivir como si pudiéramos gastar la vida sin rendir cuentas. Se nos va el corazón en caprichos, en comparaciones, en pequeñas ambiciones, en un modo de tratar a los demás que a veces usa, descarta o se endurece. Y sin darnos cuenta, vamos malgastando bienes preciosos: la confianza de la familia, la paz del hogar, la honestidad en el trabajo, el tiempo de la oración, la caridad con quien vive a nuestro lado.

La sabiduría de reaccionar a tiempo:

Lo que Jesús destaca en esta parábola es que aquel hombre, al verse en crisis, no se quedó paralizado. Reaccionó. Comprendió que el momento exigía decisión. También nosotros necesitamos esa lucidez. Hay situaciones del alma que no se arreglan solas. Una herida sin perdón, una costumbre desordenada, una fe tibia, una indiferencia que se instala poco a poco: todo eso pide una respuesta concreta.

A veces sabemos organizar perfectamente nuestras cuentas, nuestros horarios y nuestras obligaciones, pero postergamos lo más importante: confesarnos, reconciliarnos con alguien, volver a la misa diaria o dominical con más verdad interior, ordenar una relación, cortar con una doble vida, cuidar mejor a quienes Dios nos confió. Jesús nos hace una pregunta silenciosa: ¿por qué ponemos tanta inteligencia para lo pasajero y tan poca para lo eterno?

Invertir en lo que permanece:

La parábola nos invita a usar bien lo que hoy tenemos para abrir camino al Reino de Dios. La Iglesia siempre ha enseñado que los bienes materiales tienen una función moral; no son malos en sí mismos, pero deben ponerse al servicio del bien. Un dinero compartido con generosidad, un talento ofrecido, una visita a un enfermo, un consejo dado con caridad, una paciencia sostenida en casa, un gesto honesto cuando nadie mira: todo eso construye una riqueza que no se pudre.

Jesús no nos pide vivir angustiados, sino despiertos. La santidad ordinaria nace muchas veces de decisiones pequeñas pero firmes. Un padre o una madre que ordena sus prioridades por amor a Dios y a su familia. Un joven que renuncia a algo que le aparta del bien. Un trabajador que escoge la rectitud aunque le cueste. Una persona cansada que aun así guarda un momento para orar. Esa es la verdadera astucia del discípulo: comprender qué vale de verdad y actuar en consecuencia.

Un examen sereno del corazón:

Este Evangelio no busca asustarnos, sino movernos a una conversión concreta y esperanzada. Todavía estamos a tiempo. Si algo se ha desordenado en nosotros, el Señor no cierra la puerta. Nos llama a revisar con humildad qué estamos haciendo con los dones recibidos. Quizá hoy conviene preguntarnos: ¿qué estoy administrando mal? ¿Qué bien de Dios estoy descuidando? ¿Dónde necesito reaccionar con sinceridad?

Jesús quiere hijos de la luz que vivan con claridad interior, con prudencia y con un corazón libre. No se trata de ser calculadores, sino fieles. La verdadera sabiduría consiste en aprender a usar todo lo temporal de modo que nos acerque más a Dios y nos haga más hermanos de los demás. Allí empieza una vida más limpia, más unificada y más en paz.

Meditación Diaria:

Hoy puedo mirar mis responsabilidades con otros ojos. Nada de lo que tengo es solamente mío; todo puede convertirse en ocasión de amar, servir y acercarme más a Dios. El Evangelio me anima a no vivir distraído, a no dejar para después aquello que necesita ser ordenado en mi corazón. Tal vez el Señor me está mostrando un cambio pequeño pero decisivo: pedir perdón, volver a la oración, ser más honesto, administrar mejor mi tiempo, compartir con generosidad o cuidar con más ternura a quienes viven conmigo.

Puedo hacer una pausa durante el día y decirle al Señor: “Jesús, enséñame a administrar bien los dones que has puesto en mis manos”. Esa oración sencilla ya abre un camino. No hace falta resolverlo todo de una vez; basta dar un paso sincero. Cuando dejamos que Dios ilumine nuestras decisiones, la vida se ordena por dentro y nace una paz serena que sostiene el camino.