Un Pastor que conoce a cada uno por su nombre

Ayudemos a Manuel Mano Galarza

Un Pastor que conoce a cada uno por su nombre

2026-04-27 Fe cotidiana 0

Lectura del santo Evangelio según san Juan (10, 11-18):

En aquel tiempo, dijo Jesús:
«Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.
Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.
Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y en solo Pastor.
Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».

Palabra del Señor.

El Pastor que no se desentiende:

En este pasaje del Evangelio según san Juan, Jesús no se presenta como un jefe lejano ni como alguien que dirige desde afuera. Se presenta como el Buen Pastor. Y eso cambia todo. Porque un pastor verdadero no administra ovejas como si fueran números. Las conoce, las cuida, las busca, las defiende y permanece. Jesús habla desde esa cercanía que tanta falta hace en la vida real, donde muchas veces uno se siente rodeado de gente, pero poco conocido de verdad.

Todos hemos pasado por momentos en los que nos sentimos un poco a la intemperie. Días en que hay preocupaciones en la casa, tensiones en el trabajo, cansancio acumulado, silencios que pesan, decisiones que no se saben tomar. Y en medio de eso, uno puede comenzar a pensar que camina solo. Pero este Evangelio viene a recordarnos algo muy consolador: Jesús no acompaña de lejos. Él se mete en la historia concreta de cada uno. No huye cuando la vida se complica.

La diferencia entre cuidar y simplemente cumplir:

Jesús contrasta al Buen Pastor con el asalariado. El asalariado trabaja mientras todo está en orden, pero cuando aparece el peligro, se va. Esa imagen toca mucho la vida de hoy. Hay relaciones que duran mientras convienen. Hay personas que están cerca solo cuando todo marcha bien. Hay compromisos que se sostienen mientras no cuesten demasiado. Jesús, en cambio, no ama así. Su amor no depende del rendimiento de nadie, ni de nuestro estado de ánimo, ni de que tengamos una fe impecable.

Eso también interpela nuestra manera de vivir. En la familia, en la parroquia, en un grupo apostólico, en la oficina, en la universidad, uno puede caer en la tentación de “cumplir” sin realmente cuidar. Cumplir con estar, cumplir con hablar, cumplir con ayudar un poco, pero sin entregar el corazón. Jesús muestra otro camino. El del amor que permanece. El del servicio que no se escapa cuando el otro está difícil, triste, enfermo, confundido o cansado.

Ser conocidos por Jesús:

Hay una frase muy hermosa en este Evangelio: “Yo conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí”. No se trata de un conocimiento superficial. Jesús no nos conoce como nos conoce un sistema, una estadística o una oficina. Nos conoce por dentro. Sabe nuestras luchas, nuestras ganas, nuestras heridas, nuestras contradicciones, lo que nadie ve cuando sonreímos por educación y por dentro estamos agotados.

Y conocer a Jesús tampoco consiste solamente en saber cosas sobre Él. Mucha gente sabe oraciones de memoria, ha ido a misa por años o ha escuchado el Evangelio muchas veces, pero conocer de verdad a Jesús es otra cosa. Es aprender a reconocer su voz. Es descubrir cómo Él habla en la paz de la oración, en una palabra que toca el alma, en el consejo sencillo de alguien bueno, en la Eucaristía, en una conversación honesta, en ese momento en que uno siente que debe volver a empezar y no endurecer el corazón.

Un solo rebaño, una sola esperanza:

Jesús también dice que tiene otras ovejas y que quiere reunirlas. Esa frase abre el corazón. La fe no es un privilegio para encerrarse, sino una gracia para compartirse. Una comunidad cristiana no está llamada a mirarse a sí misma con comodidad, sino a ser casa abierta, mesa disponible, abrazo posible. En la parroquia, en los movimientos, en las pequeñas comunidades, hace falta recordar esto: no estamos para formar círculos cerrados, sino para ayudar a que otros también escuchen la voz del Pastor.

Cuando una persona llega herida, dudando, cansada o después de mucho tiempo lejos, no necesita sentirse examinada. Necesita encontrar signos del Buen Pastor. Necesita paciencia, verdad, ternura, claridad y compañía. El Evangelio de hoy nos invita a parecernos un poco más a Jesús en esa forma de cuidar. No desde la perfección, sino desde la disponibilidad del corazón.

El amor que se entrega libremente:

Jesús dice que da la vida libremente. Nadie se la quita. Él la entrega. Ahí está la medida de su amor. No un amor sentimental, sino un amor fiel, concreto, ofrecido. Y eso da mucha paz. Porque si Jesús ha querido quedarse con nosotros así, entonces nuestra vida no está abandonada. Podemos atravesar noches difíciles, sí. Podemos tener dudas, cansancios y momentos de mucha fragilidad. Pero no estamos en manos del azar. Estamos en las manos del Buen Pastor.

Y esas manos no aprietan para dominar. Sostienen para salvar. Guían para que no nos perdamos. Corrigen sin humillar. Llaman sin imponer. Esperan sin cansarse. Ese es Jesús. Y cuando uno de verdad se deja encontrar por Él, empieza a vivir de otra manera: con más paz, con menos dureza, con más confianza y con un deseo sincero de cuidar también a los demás.

Meditación Diaria:

Hoy vale la pena detenerse un momento y preguntarse con serenidad: ¿reconozco la voz de Jesús en mi vida o estoy escuchando demasiadas voces al mismo tiempo? El Buen Pastor no grita para imponerse; habla al corazón con verdad, con paz y con una firmeza llena de amor. Este Evangelio nos recuerda que no estamos solos, que no somos una carga para Dios y que nuestra historia no le resulta indiferente. Jesús nos conoce, nos llama y permanece cerca incluso cuando nosotros andamos distraídos, heridos o cansados. Tal vez hoy la invitación concreta sea volver a la oración sencilla, hacer una visita al Santísimo, escuchar mejor en casa, servir con más paciencia o dejar de vivir la fe como costumbre vacía. Vivir el Evangelio empieza muchas veces por algo pequeño, pero real. Pidámosle a Jesús que nos enseñe a reconocer su voz y a cuidar a los demás con un corazón más parecido al suyo.