Escuchar a Jesús en la montaña y en la vida de cada día

Ayudemos a Manuel Mano Galarza

Escuchar a Jesús en la montaña y en la vida de cada día

2026-08-06 Escúchenlo Jesús Nos Levanta Transfiguración del Señor 0

Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,1-9):

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado.

Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Mientras Pedro hablaba, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: «Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo».

Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: «Levántense y no teman».

Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No cuenten a nadie esta visión, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».

Palabra del Señor.

Hay momentos en la vida en que el corazón recibe una luz inesperada. No siempre duran mucho, pero dejan dentro una certeza que sostiene después en el camino ordinario, cuando vuelven el cansancio, las preguntas o la rutina. El Evangelio de la Transfiguración nos habla justamente de eso: de un regalo de Dios que no nos aparta de la realidad, sino que nos fortalece para vivirla con más fe.

La luz que revela quién es Jesús:

Jesús sube al monte con Pedro, Santiago y Juan. No lleva a una multitud, sino a tres amigos cercanos. Hay algo profundamente humano en este gesto: el Señor también forma el corazón poco a poco, en cercanía, en intimidad, en silencio. Allí, en lo alto, su rostro resplandece y sus vestidos se vuelven blancos. No se trata de un espectáculo, sino de una revelación. Los discípulos ven por un instante la gloria de Jesús, esa gloria que normalmente permanece velada en su vida sencilla, en sus pasos por los caminos, en sus palabras y en su entrega.

También nosotros, a veces, quisiéramos ver todo con claridad. Quisiéramos una fe sin oscuridad, una certeza sin lucha, una oración siempre consoladora. Pero el Señor no nos educa para depender solo de emociones fuertes. Nos concede luces para que, cuando llegue la cruz, recordemos quién es Él. La Transfiguración prepara a los discípulos para el escándalo de la pasión. Antes del Calvario, Jesús les deja ver que el amor que se entrega no es derrota, sino gloria.

Escúchenlo:

En medio de la nube se oye la voz del Padre: «Éste es mi Hijo muy amado… escúchenlo». Éste es el centro del pasaje. Más que mirar, más que entenderlo todo, más que querer retener la experiencia, lo decisivo es escuchar a Jesús. Escucharlo cuando su palabra consuela, pero también cuando corrige. Escucharlo cuando nos llama a confiar, a perdonar, a esperar, a comenzar de nuevo.

Cuántas voces llenan nuestros días. Opiniones, prisas, miedos, comparaciones, noticias, preocupaciones de la casa, del trabajo, de la salud, de los hijos, del futuro. Entre tanto ruido, el alma puede cansarse y perder dirección. Por eso este Evangelio tiene una fuerza tan concreta: el Padre no nos pide hazañas extraordinarias, nos pide escuchar a su Hijo. Volver al Evangelio. Darle espacio en la oración. Dejar que su palabra entre en la conversación familiar, en una decisión difícil, en una herida que todavía duele.

Levántense y no teman:

Los discípulos caen rostro en tierra, llenos de temor. Es una reacción muy humana ante el misterio de Dios. Pero Jesús no los deja ahí. Se acerca, los toca y les dice: «Levántense y no teman». Qué delicadeza la del Señor. La gloria no aplasta; su presencia levanta. La verdadera experiencia de Dios no encierra a la persona en el miedo, sino que la pone de pie.

Tal vez hoy alguno está viviendo con el alma inclinada: por una pena silenciosa, por una culpa arrastrada, por una decepción en la comunidad, por el desgaste de seguir adelante sin ver frutos. Jesús se acerca también así, con una cercanía que no humilla. Nos toca por dentro y nos devuelve la paz. No siempre cambia de golpe las circunstancias, pero sí cambia la manera de atravesarlas.

Bajar del monte con el corazón transformado:

Pedro quería quedarse allí. Es comprensible. Cuando se experimenta consuelo, nadie quiere perderlo. Pero la fe no consiste en vivir instalados en la montaña. Hay que bajar. Hay que volver al camino, a la casa, al servicio, a la misión, a la fidelidad de cada día. Sin embargo, se baja distinto cuando se ha visto a Jesús.

Eso mismo nos regala este Evangelio: no una evasión, sino una mirada nueva. Quizá hoy no tengamos una visión luminosa, pero sí podemos pedir la gracia de reconocer a Jesús y escucharlo más. Y cuando todo parezca confuso, recordar esta frase que sostiene el alma: «Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús». Al final, cuando tantas cosas pasan, Él permanece. Y eso basta para seguir caminando.

Meditación Diaria:

Hoy vale la pena hacer un pequeño monte interior, aunque sea en medio del trabajo, de los estudios o de las tareas de casa. Detente unos minutos y repite en silencio: “Señor Jesús, quiero escucharte”. Pídele que te regale una mirada más limpia para reconocer su presencia en lo sencillo y una fe serena para no depender solo de lo que sientes.

Si estás pasando por un momento de cansancio, confusión o temor, recuerda su palabra: “Levántense y no teman”. Jesús no se aleja cuando el corazón se debilita; se acerca, toca la vida herida y devuelve paz. Hoy puedes vivir este Evangelio escuchando con más atención, respondiendo con paciencia, evitando una palabra dura, ofreciendo una ayuda concreta o haciendo una breve oración antes de tomar una decisión.

Aunque el día tenga nubarrones, no caminas solo. Jesús sigue contigo, y su luz basta para dar el siguiente paso con esperanza.