Cuando permanecer con Jesús trae incomprensión:

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Cuando permanecer con Jesús trae incomprensión:

2026-05-09 Fidelidad cristiana persecución por la fe Seguir a Jesús 0

Lectura del santo evangelio según san Juan (15,18-21):

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes. Si fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya; pero como no son del mundo, sino que yo los elegí sacándolos del mundo, por eso el mundo los odia.

Acuérdense de la palabra que les he dicho: “No es el siervo más que su señor”. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la de ustedes. Y todo eso lo harán con ustedes a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió».

Palabra del Señor.

Hay palabras de Jesús que consuelan de inmediato, y hay otras que nos dejan en silencio. Este Evangelio pertenece a esas que no buscan halagarnos, sino prepararnos. Jesús no engaña a sus discípulos. No les promete una vida fácil por seguirlo, ni una fe siempre aplaudida, ni una existencia sin rechazo. Les habla con una sinceridad que nace del amor. Quien ama de verdad no adormece el corazón del otro con ilusiones, sino que lo fortalece para caminar con paz aun en medio de la incomprensión.

No son del mundo:

Cuando Jesús dice: «yo los elegí sacándolos del mundo», no está despreciando la creación ni la vida humana. El mundo, en este pasaje, significa esa manera de vivir cerrada a Dios, satisfecha de sí misma, incapaz de recibir la verdad cuando la verdad incomoda. Es la lógica del orgullo, de la apariencia, del interés propio por encima del amor. De esa lógica Jesús nos saca poco a poco.

Y eso se nota en cosas muy concretas. Se nota cuando una persona decide no responder con malicia, aunque todos a su alrededor lo hagan. Se nota cuando en la familia alguien elige perdonar antes que seguir acumulando heridas. Se nota cuando un joven no se deja arrastrar por la burla, cuando en el trabajo alguien prefiere actuar con rectitud aunque eso le cueste. El Evangelio no siempre provoca aplausos. A veces provoca distancia, ironía o rechazo silencioso.

La incomprensión no significa fracaso:

A veces sufrimos porque queremos ser fieles a Jesús y, al mismo tiempo, deseamos no incomodar a nadie. Nos duele que se malinterpreten nuestras intenciones. Nos pesa sentir que, por vivir con sencillez la fe, algunos nos consideran extraños, exagerados o fuera de lugar. Este Evangelio nos recuerda que esa experiencia no es necesariamente señal de que algo va mal. Puede ser, precisamente, una participación humilde en el camino del Maestro.

Jesús no glorifica la persecución ni nos manda buscar conflictos. El cristiano no vive peleando ni imponiéndose. Pero tampoco negocia la verdad para ser aceptado. Hay una serenidad firme que nace de saberse unido a Jesús. No necesitamos responder a toda crítica ni defendernos de todo juicio. Muchas veces bastará permanecer, hacer el bien, guardar la paz y seguir adelante con una conciencia limpia.

Unidos al Señor en lo pequeño:

La mayoría de las veces esta palabra no se vive en escenarios heroicos, sino en la vida diaria. Se vive en la madre o el padre que educa en la fe aunque encuentre resistencia en casa. Se vive en quien vuelve a Misa después de mucho tiempo y debe vencer respetos humanos. Se vive en el servidor parroquial que continúa ayudando aunque no reciba reconocimiento. Se vive en quien atraviesa un ambiente frío hacia lo religioso y aun así conserva una pequeña fidelidad: una oración al amanecer, el rosario rezado despacio, una visita al Santísimo, una palabra buena dicha a tiempo.

Jesús nos recuerda que el siervo no es más que su señor. Si él fue rechazado, no debe sorprendernos que también nosotros encontremos oposición. Pero aquí hay una luz preciosa: si compartimos algo de su rechazo, también compartimos su amistad. No estamos solos. La fidelidad escondida, la que nadie ve ni aplaude, es muy amada por Dios.

Conocer al Padre en Jesús:

El dolor más profundo del Evangelio de hoy está en esta frase: «no conocen al que me envió». En el fondo, el rechazo a Jesús nace de un corazón que no ha querido abrirse plenamente al Padre. Por eso nuestra respuesta no puede ser desprecio, sino oración. No miramos con superioridad a quienes no comprenden la fe. Más bien pedimos por ellos y por nosotros, porque todos necesitamos conversión.

Seguir a Jesús no nos vuelve duros; nos vuelve más verdaderos. Y esa verdad, cuando está unida a la caridad, se convierte en testimonio. Tal vez hoy no podamos cambiar el corazón de nadie con argumentos, pero sí podemos mostrar que vale la pena vivir de otra manera: sin odio, sin doblez, sin vergüenza de pertenecer a Jesús. Esa pertenencia, incluso cuando cuesta, es una gracia inmensa.

Meditación Diaria:

Hoy puedo pedirle al Señor la gracia de no desanimarme cuando vivir el Evangelio me haga sentir distinto o poco comprendido. Jesús no me abandona en esos momentos; al contrario, se acerca más y me recuerda que caminar con él vale la pena. Tal vez no me toque una gran prueba, pero sí pequeñas fidelidades: callar una respuesta hiriente, sostener la verdad con humildad, no ocultar mi fe, perseverar en la oración, tratar con caridad a quien piensa distinto. Ese es el terreno concreto donde el amor de Dios madura en mí.

Conviene hacer una oración sencilla durante el día: “Señor Jesús, que no me canse de ser tuyo”. También puedo ofrecer por alguien que se ha alejado de la fe una breve oración llena de ternura. El Evangelio de hoy no invita al miedo, sino a la confianza. Si permanezco unido a Jesús, aun en la incomprensión habrá paz, y aun en la prueba habrá esperanza.