Cuando Jesús nos espera en la orilla

Ayudemos a Manuel Mano Galarza

Cuando Jesús nos espera en la orilla

2026-04-10 Jesús resucitado 0

Lectura del santo evangelio según san Juan (21,1-14):

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
«Me voy a pescar».
Ellos contestan:
«Vamos también nosotros contigo».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
«Muchachos, ¿tenéis pescado?».
Ellos contestaron:
«No».
Él les dice:
«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis».
La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro:
«Es el Señor».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque rio distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice:
«Traed de los peces que acabáis de coger».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
«Vamos, almorzad».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor.

La orilla donde Jesús ya está esperando:

En San Juan 21, 1-14, los discípulos vuelven al lago, trabajan toda la noche y no pescan nada. Al amanecer, Jesús está en la orilla, les indica dónde echar la red, la pesca resulta sobreabundante y luego los invita con una frase de una ternura inmensa: “Vengan a desayunar”. El mismo relato subraya que se trata de una manifestación del Resucitado, y la fe católica enseña que Jesús resucitado no volvió simplemente a la vida de antes, sino que se manifestó a sus discípulos con un cuerpo glorioso, verdadero y real. (USCCB)

A mí me conmueve que Jesús no se aparezca en medio de un acto solemne, sino en un cansancio muy humano. Los encuentra después de una noche vacía. Eso se parece bastante a muchas jornadas nuestras. Hay días así: uno trabaja, organiza, sirve, llama, intenta, y al final siente que no salió nada. Le pasa al padre o a la madre que se esfuerzan por sostener la paz de la casa; al estudiante que estudia y no ve fruto inmediato; al que sirve en la parroquia y siente que la gente responde poco; al que acompaña un grupo apostólico y vuelve a su casa con la impresión de que sembró en tierra dura.

Y, sin embargo, Jesús aparece precisamente ahí. No cuando todo salió perfecto, sino cuando el corazón está un poco golpeado y la red viene casi vacía. Eso dice mucho. Jesús no nos espera solamente en los momentos brillantes. También sale a nuestro encuentro en la rutina, en el trabajo, en la fatiga y en esa clase de silencio interior que uno no siempre sabe explicar.

Cuando la obediencia sencilla abre caminos:

Los discípulos obedecen una indicación que parecía extraña. Ya habían trabajado toda la noche. Humanamente, no tenía mucho sentido volver a intentarlo así. Pero lo hacen, y entonces sucede la abundancia. El texto no empuja a una lectura mágica; más bien deja ver algo muy hondo: cuando Jesús entra en nuestra tarea, la esterilidad no tiene la última palabra. (USCCB)

Eso también vale para la vida diaria. A veces el Señor no nos cambia toda la historia de golpe; a veces solo nos pide mover la red un poco, hablar con más paciencia, pedir perdón sin orgullo, volver a intentarlo con un hijo, retomar la oración, regresar a misa con el corazón humilde, escuchar mejor a alguien del grupo, dejar de hacerlo todo a nuestra manera. Son movimientos pequeños, pero ahí suele comenzar una pesca distinta.

El detalle que sana el corazón:

Hay algo bellísimo en este Evangelio: Jesús no solo hace el milagro; también prepara comida. No les ofrece un discurso largo. Les da pan, les da pescado, les da presencia. “Vengan a desayunar.” Qué manera tan delicada de cuidar. Jesús resucitado sigue siendo cercano, concreto, atento a la necesidad humana. No desprecia el hambre, ni el cansancio, ni la fragilidad de sus amigos. (USCCB)

Cuántas veces necesitamos redescubrir eso en nuestras comunidades. La fe no se vive solo en ideas grandes. Se vive también en gestos pequeños: visitar a un enfermo, llamar a quien se ha alejado, preparar bien una reunión, escuchar sin prisa, servir un café después de un encuentro, preguntar de verdad “¿cómo estás?”. En muchas parroquias y movimientos, lo que sostiene la perseverancia no son solo los planes bien escritos, sino esos gestos donde la persona se siente mirada, acogida y tratada con dignidad.

La Iglesia nace también en la mañana ordinaria:

La Iglesia vive de la palabra del Señor y recibe de él su misión. Por eso este Evangelio no es solo una escena bonita junto al lago; es también una imagen de la comunidad llamada a escuchar, obedecer, reconocer a Jesús y volver a empezar desde él. La enseñanza de la Iglesia insiste en que la Palabra de Dios sostiene la vida e impulsa la misión de la comunidad cristiana. (Vaticano)

Por eso, cuando una familia se deja orientar por Jesús, cuando una parroquia trabaja unida sin buscar protagonismos, cuando un grupo apostólico sirve con humildad, cuando un profesional o un estudiante intenta vivir con limpieza interior y caridad concreta, esa red vuelve a llenarse. Tal vez no con ruido. Tal vez no con aplausos. Pero sí con fruto verdadero.

Meditación Diaria:

Hoy conviene preguntarnos con sencillez: ¿en qué parte de mi vida me siento como esos discípulos que trabajaron toda la noche y no sacaron nada? Tal vez en la familia, en el trabajo, en la parroquia o dentro del propio corazón. Ahí mismo quiere aparecer Jesús. No llega para humillar, sino para sostener; no llega para complicar más la carga, sino para decirnos que todavía hay esperanza y que vale la pena volver a echar la red.

Haz hoy una oración breve, pero honesta. Dile a Jesús dónde te sientes cansado, dónde te desanimas, dónde ya casi no esperas fruto. Y luego pídele la gracia de obedecer en algo concreto: una llamada, un perdón, una visita, una confesión, una misa vivida con más atención, un servicio hecho con amor. Jesús sigue esperando en la orilla. Y cuando él está, hasta la mañana más común puede volverse comienzo.